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1º DOMINGO DE ADVIENTO PDF Imprimir E-mail
Escrito por Rogério Amaral   
Sábado, 13 de Diciembre de 2014 10:48

 

¡¡¡JESÚS ES LA ESPERANZA!!!

Porque los malhechores serán exterminados, mas los que esperan en el SEÑOR poseerán la tierra.- Sl 37: 9; E aquí, los ojos del Señor están sobre los que le temen, sobre los que esperan en su misericordia – Sl33:18
La esperanza es lo que nos hace idealizar, lo que nos hace proyectar, lo que nos hace soñar, lo que nos hace creer.
Esperanza, para nosotros los cristianos, está intrínsecamente ligada a la fe, no hay cómo separarla (Hb. 11:1). No hay cómo separarlas porque creer en Jesús es esperar siempre lo mejor, porque Jesús se dio por amor a nosotros, a fin de que tengamos vida abundante y vida eterna, aunque nos suceda algo que entendemos como malo, aún así esperamos lo mejor porque creemos que de Dios siempre recibiremos lo mejor. La Biblia está llena de ejemplos así: José de Egipto, Ester, Daniel, Pablo, etc., personas que siempre tenían esperanza que de Dios recibirían lo mejor y por eso, pasaron por las dificultades llenos de esperanza de que Dios cambiaría la realidad de ellos en algo maravilloso, aún ya teniendo la certeza de que estar en Dios es estar viviendo lo mejor que el ser humano puede esperar y después experimentaron lo mejor de Dios.
Nosotros que esperamos en Jesús, que no tenemos la esperanza en algo in-cierto, pero sí en el Dios que todo puede y que cuida de nosotros, sabemos que podemos descansar en esperanza. En él (Sal. 37:5), porque Jesús está en el control de todo. El mundo, después del pecado de Adán y Eva (Gn 3), fue transformado en una vida de pecado, de incertidumbres, de perdición, pero Dios que es amor, comenzó, a través de sus profetas, a colocar esperanza de una vida mejor, esperanza de perdón de pecados, esperanza de un salvador que salvaría integralmente al ser humano. Así se iniciaron las profecías sobre la venida del Salvador Jesús, con las profecías, con las señales de Dios, la esperanza crecía en cada corazón en el descorrer de la historia y en la propia historia. (Lea Job 14:7-9).
Entonces viene el ángel del Señor y dijo para María que ella engendraría al Salvador que todos esperaban, que la esperanza nacería con forma, con cuerpo, con rostro, pero también con todo el poder, con todo amor y con toda la Gloria de Dios. El sacerdote Simeón, ya de edad avanzada, cuando vio al bebé Jesús dijo que Dios podía llevarlo, pues él estaba viendo al Salvador que todos esperaban (Lc. 2). Eso es, Simeón dijo que valió la pena esperar en el Señor. Entonces Pablo, que sabe lo que es ser de Jesús y ser en Jesús, que sabe que quien espera en Dios sabe que todas las cosas cooperan para el bien (Rom 8:28), dijo lo siguiente en Romanos 5: 1-9: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos glo-riamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira”.
Hoy no esperamos más al Salvador, porque Jesús ya vino, murió y resucitó para que todos los que en El creen tengan la vida eterna (Jn. 3:16) y también resucite para la vida eterna como El resucitó. Hoy nuestra esperanza está en que todos crean en Jesús y sean salvos. Nuestra esperanza está en que vivamos una vida de comunión con Jesús para ya, aquí y ahora, experimentar la paz, el amor, la unción, el poder espiritual que EL da a todos los que lo buscan (Mt. 6:33; 1Co 13 y 13; Ef 5:18). En esta época celebramos el día que nació la esperanza de la salvación, la esperanza de la paz, la esperanza del Dios fuerte, del Dios maravilloso, del Padre de la eternidad, del Dios consejero (Isaías 9:6). Pero también, al celebrar el nacimiento de Jesús, manifestamos la esperanza de que un día vamos a morar con Jesús. (Jn 14:1-6).
En Él, nuestra eterna esperanza, Pr. Rogério Amaral

 

 
1º DOMINGO DE ADVIENTO PDF Imprimir E-mail
Escrito por Rogério Amaral   
Sábado, 13 de Diciembre de 2014 10:48

 

¡¡¡JESÚS ES LA ESPERANZA!!!

Porque los malhechores serán exterminados, mas los que esperan en el SEÑOR poseerán la tierra.- Sl 37: 9; E aquí, los ojos del Señor están sobre los que le temen, sobre los que esperan en su misericordia – Sl33:18
La esperanza es lo que nos hace idealizar, lo que nos hace proyectar, lo que nos hace soñar, lo que nos hace creer.
Esperanza, para nosotros los cristianos, está intrínsecamente ligada a la fe, no hay cómo separarla (Hb. 11:1). No hay cómo separarlas porque creer en Jesús es esperar siempre lo mejor, porque Jesús se dio por amor a nosotros, a fin de que tengamos vida abundante y vida eterna, aunque nos suceda algo que entendemos como malo, aún así esperamos lo mejor porque creemos que de Dios siempre recibiremos lo mejor. La Biblia está llena de ejemplos así: José de Egipto, Ester, Daniel, Pablo, etc., personas que siempre tenían esperanza que de Dios recibirían lo mejor y por eso, pasaron por las dificultades llenos de esperanza de que Dios cambiaría la realidad de ellos en algo maravilloso, aún ya teniendo la certeza de que estar en Dios es estar viviendo lo mejor que el ser humano puede esperar y después experimentaron lo mejor de Dios.
Nosotros que esperamos en Jesús, que no tenemos la esperanza en algo in-cierto, pero sí en el Dios que todo puede y que cuida de nosotros, sabemos que podemos descansar en esperanza. En él (Sal. 37:5), porque Jesús está en el control de todo. El mundo, después del pecado de Adán y Eva (Gn 3), fue transformado en una vida de pecado, de incertidumbres, de perdición, pero Dios que es amor, comenzó, a través de sus profetas, a colocar esperanza de una vida mejor, esperanza de perdón de pecados, esperanza de un salvador que salvaría integralmente al ser humano. Así se iniciaron las profecías sobre la venida del Salvador Jesús, con las profecías, con las señales de Dios, la esperanza crecía en cada corazón en el descorrer de la historia y en la propia historia. (Lea Job 14:7-9).
Entonces viene el ángel del Señor y dijo para María que ella engendraría al Salvador que todos esperaban, que la esperanza nacería con forma, con cuerpo, con rostro, pero también con todo el poder, con todo amor y con toda la Gloria de Dios. El sacerdote Simeón, ya de edad avanzada, cuando vio al bebé Jesús dijo que Dios podía llevarlo, pues él estaba viendo al Salvador que todos esperaban (Lc. 2). Eso es, Simeón dijo que valió la pena esperar en el Señor. Entonces Pablo, que sabe lo que es ser de Jesús y ser en Jesús, que sabe que quien espera en Dios sabe que todas las cosas cooperan para el bien (Rom 8:28), dijo lo siguiente en Romanos 5: 1-9: “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos glo-riamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y no sólo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado. Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira”.
Hoy no esperamos más al Salvador, porque Jesús ya vino, murió y resucitó para que todos los que en El creen tengan la vida eterna (Jn. 3:16) y también resucite para la vida eterna como El resucitó. Hoy nuestra esperanza está en que todos crean en Jesús y sean salvos. Nuestra esperanza está en que vivamos una vida de comunión con Jesús para ya, aquí y ahora, experimentar la paz, el amor, la unción, el poder espiritual que EL da a todos los que lo buscan (Mt. 6:33; 1Co 13 y 13; Ef 5:18). En esta época celebramos el día que nació la esperanza de la salvación, la esperanza de la paz, la esperanza del Dios fuerte, del Dios maravilloso, del Padre de la eternidad, del Dios consejero (Isaías 9:6). Pero también, al celebrar el nacimiento de Jesús, manifestamos la esperanza de que un día vamos a morar con Jesús. (Jn 14:1-6).
En Él, nuestra eterna esperanza, Pr. Rogério Amaral

 

 
Pastoral PDF Imprimir E-mail
Escrito por Rogério Amaral   
Viernes, 12 de Diciembre de 2014 12:48

SIERVO! ¿YO?

Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pires los unos a los otros (Juan 13:14).

Cotidianamente observo cuán difícil y raro es encontrar a alguien que quiera servir, que sea sencillo como la paloma y prudente como la serpiente (Mt 10:16). Que tenga sentido común.
Cuando uno está en una fila, notamos que casi todos los que llegan a ella quieren ver la forma de pasar al frente de los demás, sin importarle si alguna persona tiene una necesidad mayor o si algunos llegaron mucho antes a la fila. Si paramos para observar algunos estacionamientos vemos que muchos estacionan su carro ocupando espacio y medio, sin preocuparse de que alguien se quedará sin lugar por su actitud. Al caminar por las calles un sinnúmero de personas comen y arrojan los residuos al suelo o los echan al desagüe causando atoros. Cuando realmente somos cristianos, la sed, la voluntad, a veces sin medida, de las personas querellen tener los mejores espacios, locales, posiciones, cargos, atenciones, me espantan, me asombran, porque son opositoras a las enseñanzas y los ejemplos de.
Todos quieren estar bien, sentirse bien servidos, todos quieren ser el centro de la atención aunque para eso tengan que pisar, desmerecer, humillar a otros.
Lo que más me asusta es que nosotros cristianos actuamos de la misma manera que este mundo, siempre queremos la fama, siempre queremos ser destaques a los ojos dos hombres y no de Dios; no aprendemos con la vida de Juan Batista. Creemos que es bonito y una bendición cuando encontramos a alguien que vive así, con destaque en la sociedad pero que lejano de la voluntad de Dios, lejano de la vida de santidad y de la vida que tiene como preocupación servir al prójimo.
Sin embargo, raramente queremos vivir así, teniendo como prioridad servir al prójimo; casi nunca o nunca, salvo si fuéramos a lograr alguna ventaja, queremos servir. 
Mas, en el versículo (lea todo el capítulo 13) que da inicio a esta reflexión pastoral, Jesús ordena, es imperativo, que todos, todos, todos sus discípulos, siervos, todos los cristianos deben servir. Cuando miro a la sociedad corrompida por el pecado, por la ignorancia, presos en la ceguera del príncipe de las tinieblas, pues el mundo entero está bajo el maligno (1 Juan 5:19) entiendo que ellos actúen de esta forma egoísta, sin amor al prójimo; sin embargo, al hablar de aquellos que dicen haber encontrado y aceptado a Jesús y a su señorío, ¿cómo entender este comportamiento? Cuando el Señor Jesús dijo que somos la sal de la tierra, la luz del mundo, él quiso decir que nosotros somos el remedio para el cáncer del desamor y del egoísmo que permea el mundo; él quiso decir que nosotros somos el antídoto de la peste llamada soberbia, vanagloria. ¡Dios mío! Se nosotros que somos la esperanza, la cura, estamos sufriendo de la misma enfermedad, no habrá solución para el mundo, incluyéndonos a nosotros, pues, si nosotros que decimos haber aceptado al Señor (Jesús) no actuamos como él lo hizo y ordenó, no hay más esperanza. A no ser que nosotros (cristianos) verdaderamente nos convirtamos al señorío y mandatos del Señor Jesucristo, y que eso suceda acá ya.
Que Dios, a través del Señor Jesús, nos cure y nos use para la cura de esta cancerosa humanidad y que permitamos ser curados por Jesús, dejando que Él sea Señor de nuestras vidas, siendo la luz del mundo y la sal de la tierra, como Jesús.
En ÉL que veo no para ser servido, pero que para servir y dar su vida en favor de muchos, pastor Rogério Amaral.

 
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